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La «misteriosa» desaparición de las murallas

Muro de piedra en el margen de la carretra
  • En el trazado de las calles actuales que contornearon la antigua villa.
  • En los desniveles de tierra hacia las huertas y el arroyo Xorinaga, en su flanco noroeste.
  • En los sillares que forman la base de algunos de los actuales muros.

¿Por qué entonces esa aparente desaparición? Bueno, hay tres motivos principales:

¿En 1641? ¿Pero no habíamos dicho que las empezaron a construir en 1637? Pues sí: en diciembre de 1640, el marqués de Tábara, nuevo virrey, y otros altos mandos aconsejan la demolición total de las murallas de Auritz/Burguete por su ineficacia para taponar los pasos, su fragilidad ante la artillería “moderna” y la gran dificultad para mantener una guarnición suficientemente numerosa y armada, proponiendo concentrar toda la defensa en Pamplona. Por cierto, exactamente lo mismo sucedió con la ampliación realizada a la par en el castillo de Amaiur.

O sea, que se tiraron cuatro años y medio levantando unas defensas para darse cuenta de que no tenían ni hombres, ni armas, ni artillería suficientes para defenderlas. Y que así todo lo que iban a lograr es que llegaran los franceses, las tomaran con escasa resistencia y tuvieran un lugar seguro para hacerse fuertes. ¡Todo un prodigio de planificación y visión de futuro! Sin comentarios.

Es fácil imaginar que el proceso por el que se toma la decisión de derribar las murallas fue algo más complejo de lo que acabamos de resumir…

Durante todo el año el Arzobispo de Burgos y Virrey de Navarra envía repetidos despachos a Madrid en lo que advierte que:

  • Los 4.000 ducados iniciales librados para las obras de Maya y Burguete resultan insuficientes. Para no paralizar los trabajos, se ve obligado a sacar dinero de los 30.000 escudos asignados para sustento de la tropa. Tropa que entre Amaiur, Burguete y las defensas fronterizas llegó a sumar 1.500 hombres. Desconocemos quién fue el valiente que se lo dijo a la guarnición.
  • Existe un serio riesgo militar: Señala en varias ocasiones que dejar las obras a medias es sumamente peligroso, pues si el enemigo (los franceses, claro) aprovecha las estructuras inacabadas, «servirán solo de haber dado comodidad al enemigo» para que las tome y se fortifique.

¿El resultado? Bueno, mucho caso no le hicieron, la verdad. Basta echar un ojo a esta carta que envía el 9 de noviembre de 1637:

«Seis cartas con esta las que he escrito a V. M representado el estado que tienen estas fortificaciones de Burguete y Maya […] y la necesidad con que me hallaba, y halló de dinero para todo es tan grande que sin él, ni se podrán proseguir ni detener la gente no teniendo con que sustentarla y no se ha servido V. M mandarme responder a nada de esto».

Ya desde finales de 1638 se empieza a descartar la idea de completar una fortificación abaluartada en Burguete:

  • Informe de Antonio Gandolfo (28 de diciembre de 1638): Señala que, al no poderse terminar la obra en perfección por falta de dinero y medios, el estado en que se hallaba la fortificación servía «más para el enemigo que para resistir». Propone retirar el gran gasto de Burguete para volcarlo en la ciudadela de Pamplona, y reducir Burguete a «solo un simple cuartel cerrado donde puedan estar 200 o 300 infantes a la defensa del paso de Roncesvalles».
  • Ratificación de la Junta (31 de enero de 1639): En la reunión en el aposento del conde duque con el prior de Navarra (Don Martín de Redín) y los ingenieros, se confirma que la fortificación proyectada en Burguete no se concluirá como gran plaza fuerte.

A finales de ese año, la evaluación militar sobre el puesto de Burguete se vuelve completamente desfavorable:

  • Carta del Marqués de Tábara (13 de diciembre de 1640): En ella remite un informe al rey donde argumenta detalladamente por qué debe demolerse el puesto de Burguete:
    • Problemas climáticos y geográficos: Las grandes nevadas e inviernos rigurosos en los pasos de Ibañeta y Roncesvalles imposibilitan mantener tropas de forma continua sin un coste logístico inasumible.
    • Inutilidad para frenar al enemigo: El paso desde Francia a la altura de Burguete es una llanura abierta; es decir, que basta con rodear Burguete para continuar el avance.
    • Riesgo estratégico: Mantener una estructura a medio hacer y fácil de aislar supone que en caso de ocupación le regalamos al enemigo una posición avanzada.
  • Conclusión del Marqués de Tabara para Burguete y Amaiur: Tras consultar con los militares y prácticos del reino, concluye que «será mayor servicio de su Majestad, y seguridad de este reino el demoler ambos puestos».

En las resoluciones de la Junta de Ejecución y las consultas de 1641 (en las que intervienen Juan de Garay, el marqués de los Vélez y el marqués de Tabara), se determina abandonar definitivamente las fortificaciones avanzadas de la frontera norte de Navarra y reducir todas las defensas y recursos del reino a la fortificación de Pamplona.


Dibuo antiguo de una batalla en un pueblo de Navarra
Grabado de la batalla de Orokieta, en Basaburua, durante la tercera Guerra Carlista.
Vicente Urrabieta, 1872.

Lo hemos visto al hablar del precio de ser frontera: a lo largo de la Edad Moderna y Contemporánea, la posición estratégica de Auritz/Burguete convirtió su entorno defensivo en objetivo militar. Al incendio y destrucción sufridos en 1794 durante la Guerra de la Convención (1793-1795), le seguiría la Guerra de la Independencia (1808-1814) con un continuo tránsito, desmantelamiento y requisa por parte de los ejércitos en lucha. Más tarde, las Guerras Carlistas (1833-1876) también dejaron su huella en la transformación y desgaste progresivo de lo que pudiera quedar de sus defensas. Los antiguos parapetos y espacios fortificados fueron reaprovechados, reformados o desmantelados para adaptarlos a las necesidades de la guerra de guerrillas y el control de la muga.

Manuscrito antiguo
Manuscrito de 1877 en el que se cede a la villa la piedra en torno al camposanto.

¿Quieres hacer desaparecer una muralla, un castillo o cualquier otro edificio como por arte de magia? Es fácil: basta con ceder la piedra a la villa.

Sirva como ejemplo este manuscrito de 1877 en el que se entrega a la población la piedra en torno al camposanto, nada menos que 360 carros. Piedra que se aprovecharía en obras y reparaciones. Evitando así recogerla lejos o comprarla, además del coste o el tiempo de trabajo de cantería en la fabricación de sillares, dinteles o cualquier otra piedra tallada.

Un posible uso fue la construcción de la carretera Huarte-Arnegi, que se iniciaba en aquella época, pudiéndose emplear para rellenar y sanear el nuevo trazado entre Roncesvalles y Burguete.

¿Parecen muchos 360? En la siguiente página de este mismo documento «Nota de los carros de piedra que hay en las fortificaciones», se recoge la cantidad total de piedra que se aún se conservaba: 1414 carros. En esta descripción por lotes se especifica además cómo la piedra aparece dispersa o deslindada entre huertas, eras, paredes de cerramiento y casas solariegas particulares (Martindorre, Fernadico, Lorench, Zaldarriaga, Osalde, Corrosquet, Bernatena, Ayan, Aguyo, Loigorri, Azanza, Miguelena, Goizueta, Urdoz, Chichast, Putu, Masso, Porcaso y Oloriz). Esto nos confirma cómo fue integrada progresivamente en las propiedades privadas del casco urbano de Burguete tras el fin de los conflictos bélicos.

En suma, esa aparente desaparición de las antiguas defensas no responde a una sola causa ni a un único acto de destrucción. Fueron más bien la suma del desmantelamiento de las recién construidas defensas en 1641, los desastres bélicos de los siguientes siglos, la ruina posterior y finalmente el reaprovechamiento de la piedra para la reconstrucción del caserío civil, quienes terminaron por difuminar el trazado de las murallas, integrando sus tenues huellas en la memoria oculta de la villa.