La «misteriosa» desaparición de las murallas

Las murallas, entonces ¿dónde han estado todo este tiempo? Ocultas, eso está claro.
Pero… a la vez, bien visibles:
- En el trazado de las calles actuales que contornearon la antigua villa.
- En los desniveles de tierra hacia las huertas y el arroyo Xorinaga, en su flanco noroeste.
- En los sillares que forman la base de algunos de los actuales muros.
¿Por qué entonces esa aparente desaparición? Bueno, hay tres motivos principales:
1. La demolición de las murallas abaluartadas en 1641:
¿En 1641? ¿Pero no habíamos dicho que las empezaron a construir en 1637? Pues sí: en diciembre de 1640, el marqués de Tábara, nuevo virrey, y otros altos mandos aconsejan la demolición total de las murallas de Auritz/Burguete por su ineficacia para taponar los pasos, su fragilidad ante la artillería “moderna” y la gran dificultad para mantener una guarnición suficientemente numerosa y armada, proponiendo concentrar toda la defensa en Pamplona. Por cierto, exactamente lo mismo sucedió con la ampliación realizada a la par en el castillo de Amaiur.
O sea, que se tiraron cuatro años y medio levantando unas defensas para darse cuenta de que no tenían ni hombres, ni armas, ni artillería suficientes para defenderlas. Y que así todo lo que iban a lograr es que llegaran los franceses, las tomaran con escasa resistencia y tuvieran un lugar seguro para hacerse fuertes. ¡Todo un prodigio de planificación y visión de futuro! Sin comentarios.
Es fácil imaginar que el proceso por el que se toma la decisión de derribar las murallas fue algo más complejo de lo que acabamos de resumir…

Vicente Urrabieta, 1872.
2. Las guerras de los siglos XVIII y XIX: destrucción, desastre y ruina.
Lo hemos visto al hablar del precio de ser frontera: a lo largo de la Edad Moderna y Contemporánea, la posición estratégica de Auritz/Burguete convirtió su entorno defensivo en objetivo militar. Al incendio y destrucción sufridos en 1794 durante la Guerra de la Convención (1793-1795), le seguiría la Guerra de la Independencia (1808-1814) con un continuo tránsito, desmantelamiento y requisa por parte de los ejércitos en lucha. Más tarde, las Guerras Carlistas (1833-1876) también dejaron su huella en la transformación y desgaste progresivo de lo que pudiera quedar de sus defensas. Los antiguos parapetos y espacios fortificados fueron reaprovechados, reformados o desmantelados para adaptarlos a las necesidades de la guerra de guerrillas y el control de la muga.
3. El valor de la piedra:

¿Quieres hacer desaparecer una muralla, un castillo o cualquier otro edificio como por arte de magia? Es fácil: basta con ceder la piedra a la villa.
Sirva como ejemplo este manuscrito de 1877 en el que se entrega a la población la piedra en torno al camposanto, nada menos que 360 carros. Piedra que se aprovecharía en obras y reparaciones. Evitando así recogerla lejos o comprarla, además del coste o el tiempo de trabajo de cantería en la fabricación de sillares, dinteles o cualquier otra piedra tallada.
Un posible uso fue la construcción de la carretera Huarte-Arnegi, que se iniciaba en aquella época, pudiéndose emplear para rellenar y sanear el nuevo trazado entre Roncesvalles y Burguete.
¿Parecen muchos 360? En la siguiente página de este mismo documento «Nota de los carros de piedra que hay en las fortificaciones», se recoge la cantidad total de piedra que se aún se conservaba: 1414 carros. En esta descripción por lotes se especifica además cómo la piedra aparece dispersa o deslindada entre huertas, eras, paredes de cerramiento y casas solariegas particulares (Martindorre, Fernadico, Lorench, Zaldarriaga, Osalde, Corrosquet, Bernatena, Ayan, Aguyo, Loigorri, Azanza, Miguelena, Goizueta, Urdoz, Chichast, Putu, Masso, Porcaso y Oloriz). Esto nos confirma cómo fue integrada progresivamente en las propiedades privadas del casco urbano de Burguete tras el fin de los conflictos bélicos.
En suma, esa aparente desaparición de las antiguas defensas no responde a una sola causa ni a un único acto de destrucción. Fueron más bien la suma del desmantelamiento de las recién construidas defensas en 1641, los desastres bélicos de los siguientes siglos, la ruina posterior y finalmente el reaprovechamiento de la piedra para la reconstrucción del caserío civil, quienes terminaron por difuminar el trazado de las murallas, integrando sus tenues huellas en la memoria oculta de la villa.
