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Las defensas abaluartadas

Desde el foso de una fortificación se alza una imponente muralla con cañoneras
Ciudadela de Pamplona

La respuesta corta —y aburrida— sería por ejemplo ésta:

«Una fortificación abaluartada es un sistema de arquitectura militar diseñado para hacer frente a la artillería. Se caracteriza por el uso de muros en talud bajos y gruesos de tierra y ladrillo o piedra, protegidos por baluartes pentagonales proyectados hacia el exterior. Su estudiada geometría elimina los ángulos muertos y reduce el impacto de los proyectiles enemigos».

Pero créeme, por una vez, la respuesta larga es infinitamente más entretenida. La cosa fue así:

Durante el montón de siglos que dura la Edad Media, el desarrollo de las defensas se redujo en la práctica a construir murallas cada vez más gruesas y más altas. El enemigo solía usar arietes, torres de asalto, catapultas y otros artefactos de asedio que en realidad ya habían perfeccionado los romanos, técnicas en cualquier caso lentas y trabajosas que requerían fondos, tiempo y paciencia, y que no siempre eran capaces de derribar unos buenos muros medievales.

Así que bastaba con levantar una pared de piedra relativamente estable y con buenas puertas para mantenerse a salvo del atacante, sus flechas y sus caballeros. Y si se acercaban demasiado, se les tiraban lanzas, piedras, más flechas, aceite hirviendo, brea ardiente o cualquier otra cosa dolorosa o contundente que hubiera a mano.

¿Tuvo Burguete una muralla medieval? Sabemos de su existencia desde finales del s.XII como «Burgo de Roncesvalles» y dada su situación geográfica y su condición de villa franca, podemos afirmar con bastante seguridad que sí. Desgraciadamente, no se conservan restos de ella.

Lámina de un libro medieval donde se ve el asalto a un castillo
Códice de las Cantigas de Santa María (siglo XIII)

Pero como sabréis, siempre hemos sido muy creativos a la hora de encontrar diferentes e ingeniosos modos de matarnos unos a otros, así que era cuestión de tiempo que apareciera algo nuevo. En este caso la culpa la tuvieron los turcos, quienes a su vez habían aprendido unos cuantos trucos de los chinos, especialmente uno que consistía en fabricar pólvora y utilizarla para disparar una especie de cañones: las bombardas. La aportación de los turcos fue construirlas tremendamente grandes, en bronce, adornadas por cierto con bellas figuraciones de dragones y otras criaturas fantásticas. Se cargaban por detrás, se cerraba la tapa, se sujetaba todo con cuerdas y, si había suerte, disparaban a gran distancia enormes balas de piedra, capaces de derribar una muralla o al menos de abrirle un buen boquete. Si por el contrario no había suerte se recogía lo que quedase de los pobres artilleros para entregárselo a sus viudas, detalle truculento que no viene al caso, y se buscaban más «voluntarios».

Antigua bombarda de bronce, turca, similar a un cañón
Bombarda de los Dardanelos, empleada por los turcos en el asedio de Constantinopla
Un pedrero o mortero, similar a un cañón corto de boca ancha
Mortero o pedrero, s XVI, Alcázar de Segovia
Similar a un cañón pequeño, estrecho y largo
Falconete, museo de armas de Valencia

La idea gustó en los reinos cristianos —no la de que los turcos les destruyesen las murallas, se puede suponer, sino las posibilidades del invento— y en poco tiempo ya la habían mejorado. Empezaron a fundirlos de una sola pieza para realizar la carga por la boca, con lo que ya no reventaban tan a menudo y además se disparaban en menos tiempo. Y como funcionó, crearon numerosas variantes: cañones, pedreros, culebrinas, falconetes… todos con el mismo principio y resultados similares: Los muros medievales se venían abajo como castillos de naipes. Cuanto más altos, peor. Luego asaltaban el objetivo y retomaban la tradicional técnica artesana de clavarse cuchillos unos a otros.

Plano en el que se ve cómo la inclinación de los muros favorece el rebote de las balas
Girolamo Maggi y Fusto Castriotto. «Della Fortificatione delle Città» (1564)

Así que los defensores empezaron a construir muros más bajos de tierra maciza. Se cavaba un foso y la tierra que se sacaba se amontonaba detrás hasta crear un talud, que luego se podía recubrir de piedra o ladrillo. A ver quién tiraba eso. Cierto que al estar inclinados los muros se podían trepar algo más fácil, pero no se derrumbaban.

Y lo más importante, las balas rebotaban hacia arriba en vez de incrustarse. Luego en las esquinas de los muros añadían una especie de fortines con forma de punta de flecha, los bastiones o baluartes. Y como tenían gran imaginación las llamaron defensas abaluartadas.

Página de un libro antiguo con dibujos de ciudadelas y complicados cálculos geométricos
Matthiae Dögen, «Architectura Militaris Moderna» (1647)

Aquellos dos hitos, el despliegue de la artillería y el nacimiento de los bastiones, fueron el pistoletazo de salida de una verdadera competición de estrategia, ingenio y poder. Los unos cavaban minas bajo tierra para reventar los cimientos, los otros cavaban contraminas y les esperaban a mitad de camino para reventarles el túnel. Hacían cañones más potentes que alcanzaban mayor distancia, adelantaban las defensas con nuevos fosos, fortines, revellines y contraguardias para retrasar su posición. Cavaban fosos en zigzag para acercarse sin ser disparados, alzaban sobre los baluartes defensas más altas —llamadas caballeros— para elevar la altura de tiro. Resumiendo, cada mejora en la potencia de fuego o nueva estrategia de ataque terminaba por chocar contra un cada vez más complejo sistema de defensas y contradefensas, que llegaría a ser realmente laberíntico.

Hasta que a alguien se le ocurrió empezar a tirar las bombas desde aviones y les fastidió el juego. Lástima.

Dibujo antiguo d una compleja fortificación
Fortificación de Charleroi (Bélgica), 1693. Grabado de Nicolas de Fer.
Ejemplo del sistema defensivo abaluartado del siglo XVII. Fundada por los españoles y perfeccionada por Vauban, la plaza muestra la superposición geométrica de baluartes, revellines y fosos diseñados para neutralizar la artillería mediante el fuego cruzado.