El Terrible Precio de ser Frontera

¿Muy atrás en el tiempo? Pues sí, nos tenemos que ir nada menos que hasta la Edad Media:


Detalle cartográfico del mapa histórico de Navarra (1724) obra de Josef de Horta (delineante) y Juan Pérez (grabador). Fuente: Archivo Real y General de Navarra.
  • Por un lado, las relaciones de los valles de la frontera navarra con el vecino valle de Baigorri fueron una fuente constante de conflictos por el control de los recursos de montaña ¿El resultado? Siglos de violencia: incursiones, saqueos, robos, quema de bordas…
  • Por otro, de forma similar a como sucedía en los valles de Aezkoa, Salazar o Roncal, los varones tenían la obligación de estar armados y listos para defender la frontera. A cambio, la monarquía navarra les otorgaba ciertas prebendas, como franquicias económicas, exenciones de peajes y derechos de pasto y leña. Pero lo que en un principio suponía una carga relativamente moderada, a partir de la conquista de 1512 y de las crecientes tensiones con Francia, fue volviéndose más y más costoso. Ya no bastaba con tener un arma vieja colgada en la borda: se institucionalizaron los ejercicios militares o «alardes» y los delegados del virrey pasaban revista para comprobar que los vecinos tenían los mosquetes limpios, espadas, chuzos y, sobre todo, que disponían de los cupos obligatorios —y muy caros— de pólvora y plomo. En los archivos municipales y de Comptos se multiplican durante los siglos XVI y XVII las quejas de los concejos de Burguete o los valles vecinos alegando la extrema pobreza a la que les condenaba la obligación de gastar sus escasos ahorros en pertrechos de guerra y en acudir a los alardes.

Este difícil contexto se agrava especialmente en el s.XVII, conforme las hostilidades con Francia suben progresivamente de nivel. En 1612, el virrey en persona llegó a instalar su cuartel general en la villa. Y sólo tres años después, a causa de disputas territoriales, la entrada de una importante tropa francesa le obligó a volver con dieciséis mil soldados navarros. Entonces ¿qué suponía todo esto para la población local? Suponía su ruina: Los recursos locales se agotaban en cuestión de días, subían los precios de forma abusiva y complicaba todavía más las vidas de los vecinos, que veían cómo sus cosechas y animales eran requisados sin compensación inmediata.

Pero si ya la presión ejercida por parte de la corona nos puede parecer asfixiante, nos falta repasar una última obligación: Dar alojamiento a las tropas reales españolas que defendían los pasos. O que, como en 1637, vienen a Burguete a construir, durante años, una potente fortificación.



Para hacernos una idea de los conflictos y penurias que todo esto suponía para los vecinos del valle, basta saber que, para la construcción de la muralla en 1637, en Auritz/Burguete llegó a haber hasta seiscientos hombres de armas. Tal cifra, para una población de sólo cuarenta fuegos (hogares). Es decir, que cada casa se vio obligada a albergar más de una docena de soldados, y eso suponiendo que muchos de ellos se resguardaran en la torre fortaleza y cuarteles provisionales. En cualquier caso, una población civil de unos doscientos habitantes, soportaba el triple de soldados que de vecinos. Tropas a las que el Fuero les obligaba a dar «sal, vinagre, fuego y cama». Y aunque en Auritz/Burguete no hay constancia escrita, era práctica habitual que los oficiales forzaran la entrega de víveres, bajo la amenaza de desmanes y saqueos por parte de la soldadesca. Y si bien en teoría era el reino quien debía hacerse cargo de la manutención de sus ejércitos, en la práctica los suministros, como las pagas, llegaban tarde y mal.

Boceto en perspectiva de la vivienda pirenaica destruida por el fuego, mostrando muros de mampostería al descubierto y restos del tejado
Ilustración de las ruinas de una casa tradicional de montaña tras un incendio (generada con IA)

La construcción de la muralla sorprendió a la población durante una de sus mayores crisis demográficas. Como veremos, seis casas fueron derribadas para dar espacio a las defensas, pero el motivo más grave es anterior: En 1572 Burguete había sufrido un terrible incendio, que quemó, además de la iglesia, cincuenta y cuatro casas de las ochenta que formaban la villa. Prueba de la importancia que ya entonces tenía como enclave defensivo, el más importante ingeniero militar de la época, Giacomo Palearo “El Fratín”, quien por cierto sólo un año antes había trazado los planos de la Ciudadela de Pamplona, estuvo en Burguete planificando cómo y dónde debían reconstruirse las casas. Pero el incendio asestó un duro golpe a Burguete, que vio reducida su población a la mitad, y que no pudo recuperarla de forma estable hasta bien entrado el siglo XIX. Un golpe que se sumó a las obligaciones ordinarias de la villa, frente a las que en numerosas ocasiones se solicitó una exención en el pago de los costes de acuartelamiento de tropas.

«(…) de ordinario, por estar la villa al pie de los puertos y frontera, han residido en él un alférez, un sargento y un cabo de escuadra con sus soldados, a los cuales los acogen y hospedan en sus casas graciosamente, y les ayudan con los mantenimientos necesarios que se ofrece».

¿Y quiénes formaban estas tropas, estos seiscientos hombres a los que de forma precipitada debían acoger en sus casas? El reclutamiento militar en la España de la década de 1630 bajo el mando del conde-duque de Olivares y su proyecto de la «Unión de Armas» era mixto:

Una parte de ellos eran voluntarios y veteranos. Así, el núcleo duro de las compañías estaría formado muy probablemente por soldados profesionales que cobraban un sueldo o soldada. Castellanos, pero también de otras regiones de España o incluso de Flandes e Italia. El resto, dada la escasez crónica de voluntarios, provenían de apellidos, es decir, levas forzosas y repartimientos, por los cuales se exigía a los reinos, ciudades y merindades un cupo de hombres (quintas o reemplazos obligatorios). Muchos eran campesinos.

Grabado antiguo representando ls trabajos de fortificación de una ciudad
Alain Maneson Mallet, «Les Travaux de Mars ou l´Art de la Guerre» (1672)

Expropiación y derribo de viviendas en Burguete: Tal como ya hemos mencionado, en una carta del 22 de mayo de 1637, el arzobispo menciona que el plan del capitán Antonio Gandolfo para fortificar Burguete exigía derribar seis casas de vecinos del propio lugar. Esto suponía un perjuicio directo para las familias locales, valorado en más de 2.000 ducados, dinero que el virrey pedía compensar a sus dueños.

Éxodo de la población local ante el reclutamiento forzoso: En otra carta del 29 de junio de 1637, explica la enorme dificultad para reclutar hombres en Navarra, señalando que al ver que las obras o la tropa demandan gente en plena época de cosecha, los habitantes huyen hacia Aragón y Castilla para no ser obligados a servir ni a trabajar en la frontera, dejando la tierra desamparada.

La gente del valle, «amedrentada»: Varias cartas de marzo de 1637 destacan el estado anímico de los paisanos: en una de ellas señala que «está la gente tan amedrentada y tan pobre que me cuesta sumo trabajo hacerla salir y que me la den de provecho (…)».

Todavía en 1654, los representantes de Auritz/Burguete, el valle de Aézkoa, Salazar, Roncal y Esteríbar enviaban un escrito desesperado a la Corona quejándose del tremendo desgaste económico y social que les suponían estas cargas.


Sólo treinta años después, la Francia de Luis XIV declara una nueva guerra a España. En la noche del 20 al 21 de marzo de 1684 cruzaron la frontera por Roncesvalles trece mil infantes franceses y tres mil soldados de caballería al mando del mariscal de Bellefont. Con la máxima urgencia se llamó a apellido a ochocientos hombres de Burguete y los valles cercanos y se preparó la defensa. Por suerte, los franceses se retiraron sin presentar batalla, ya que en realidad su objetivo real era la anexión de Luxemburgo, Flandes y Cataluña y el ataque a Burguete fue «sólo» una maniobra de distracción. Así que se conformaron con requisar víveres y saquear la población. Pero eso no fue nada, la realidad es que lo peor estaba aún por llegar.

Grabado antiguo en el que se ve la cabeza cortada de Luis XVI mostrada a la muchedumbre. En primer plano numerosos soldados de la Francia revolucionaria
Georg Heinrich Sieveking. Grabado de la ejecución del rey Luis XVI de Francia en 1793

Sí, a finales del s.XVIII de nuevo los franceses atacan la frontera por el Pirineo. Pero esta vez nadie va a ser capaz de detenerlos. Corre el año de 1794, y con el lío de la guillotina acaban de cortarle la cabeza al rey Luis XVI. (Por cierto, tataranieto de Luis XIV, el de la guerra que acabamos de ver, quien a su vez era hijo de Luis XIII al que también conocimos en la Guerra franco-española. Se ve que los Borbones no se comían mucho la cabeza con los nombres). Así que media Europa se une en coalición contra la Francia revolucionaria: Austria, Prusia, Gran Bretaña, España, el Reino de Cerdeña, Nápoles y Portugal.

En 1794 el ejército republicano francés rompió las defensas fronterizas españolas. Las tropas francesas ocuparon el puerto de Ibañeta, Roncesvalles y Burguete, que se convirtieron en la base de operaciones francesa para avanzar hacia el interior de Navarra y sitiar Pamplona.

Sí, lo cierto es que el norte de Navarra sufrió la violencia de la guerra con especial intensidad. Auritz/Burguete fue arrasado.

Dibujo de época con una multitud de militares y un cañón, al fondo las tropas españolas alzan la culata de sus mosquetes y se rinden ante los franceses
Hippolyte Bellangé, Batalla del Valle del Baztán en 1794. Grabado de 1833

La guerra de la Convención trajo a estos valles una política de «tierra quemada» y destrucción. A diferencia de guerras anteriores, la Convención introdujo un componente ideológico y de guerra total:

  • El incendio de Burguete: Ante el imparable avance francés, la villa fue incendiada y destruida prácticamente en su totalidad por las propias tropas españolas: se perdieron el molino, la iglesia y cuarenta casas. Sólo tres quedaron en pie.
  • El saqueo de Roncesvalles: El Hospital y la Real Colegiata fueron saqueados. Los franceses utilizaron la iglesia como cuadra y almacén, destruyendo o robando gran parte de su patrimonio eclesiástico.
  • El asalto a la Real Fábrica de Armas de Orbaitzeta: Situada en la vecina Aezkoa, fue un objetivo estratégico prioritario. Resultó parcialmente destruida e incendiada por las tropas francesas en 1794.
Cuadro antiguo de movimiento de tropas, al fondo los Pirineos
Jacques Gamelin. Batalla de Boulou, en los Pirineos. Óleo sobre lienzo. s.XVIII
  • El éxodo de la población civil: Ante el avance francés, la práctica totalidad de los vecinos de Burguete, Valcarlos y el valle de Erro tuvieron que huir hacia la Cuenca de Pamplona o valles más meridionales. Los pueblos quedaron desiertos.
  • La epidemia de tifus: El hacinamiento de los refugiados en Pamplona y los valles del interior, sumado a las pésimas condiciones higiénicas de las tropas en el frente, desató una terrible epidemia de tifus (conocido entonces como «tabardillo»). En lugares como el Valle de Salazar o el Roncal, la epidemia mató a mucha más gente que las propias balas francesas.

La respuesta foral: el levantamiento de las milicias. Ante el avance francés, Navarra recurrió a uno de sus antiguos mecanismos de defensa: el llamamiento al «apellido», la movilización general de los hombres del Reino. En los valles fronterizos, miles de paisanos tomaron las armas y se organizaron en compañías y milicias locales, dispuestos a defender sus casas, sus caminos y los pasos pirenaicos.
Fue así que baztaneses, roncaleses y salacencos sostuvieron la frontera junto a las tropas regulares y, en ocasiones, a sus propias expensas. Su conocimiento del terreno y su capacidad de movilización hicieron de estas milicias un elemento esencial de la resistencia navarra frente al ataque de los ejércitos de la Convención. Sin embargo, con el avance de la guerra, la situación se hizo especialmente crítica: las tropas regulares se vieron obligadas a replegarse ante la superioridad francesa, dejando en manos de los propios habitantes de los valles la defensa de su territorio.


Como resultado de todo esto, cuando se firmó la Paz de Basilea en 1795 y los franceses se retiraron, los vecinos que regresaron a Burguete y los valles del Pirineo se encontraron un paisaje desolador: casas quemadas, campos de cultivo destrozados, el ganado confiscado o sacrificado y una población diezmada por la enfermedad. Durante años, hubo vecinos que tuvieron que vivir en chabolas construidas entre las ruinas de su casa.

Una imagen nocturna, en primer plano una mujer aterrada huye de las tropas francesas, que disparan sobre la población civil
Francisco de Goya, «Fusilamiento en un campo militar». Óleo sobre lienzo, realizado entre 1808 y 1810

Pero para desgracia de aquellas gentes, todavía les restaba sufrir uno de los conflictos bélicos más largos y crueles de la historia de España: apenas han pasado trece años desde el final de la anterior guerra, y de nuevo las tropas de Francia entran en la península, esta vez bajo el mando de Napoleón. La Guerra de Independencia afectó de manera muy directa y violenta a Burguete, reviviendo la pesadilla de ser el paso estratégico clave desde la frontera francesa.

1808: El destacamento francés en Auritz/Burguete: Para evitar que los guerrilleros navarros cortaran sus líneas de suministro, su correspondencia y el flujo de tropas, el ejército de Napoleón estableció de forma permanente un destacamento militar en el pueblo.

1810: El asalto del guerrillero Gregorio Cruchaga. Al convertirse en una base francesa fortificada, Burguete pasó a ser un objetivo prioritario para la guerrilla navarra (la famosa División de Navarra, liderada por Francisco Espoz y Mina). En 1810, el coronel Gregorio Cruchaga, lugarteniente de Espoz y Mina, lanzó un ataque sorpresa contra la guarnición francesa establecida en la villa. Cruchaga, al mando de sus guerrilleros, cercó y combatió a los cerca de 300 soldados franceses que custodiaban el puesto, obligándolos a retirarse y abandonar el pueblo. Tras la victoria, y para evitar que el enemigo volviera a hacerse fuerte allí, los guerrilleros españoles destruyeron por completo las defensas que quedaban en Burguete.

1813: La retirada de las tropas francesas. El final de la guerra volvió a traer el caos a la zona. Ese verano, tras la gran derrota francesa en la Batalla de Vitoria, las tropas del mariscal Soult se replegaron masivamente hacia la frontera.

Dibujo antiguo de una batalla con unos grandes montes al fondo
«Batalla de los Pirineos» William Heath, grabado en cobre y acuarela realizado entre 1814 y 1815

Finalmente, Burguete y Roncesvalles se convirtieron en el escenario de la Batalla de los Pirineos (fines de julio de 1813), un intento desesperado de Soult por volver a penetrar en Navarra para auxiliar y romper el asedio sobre la guarnición francesa atrapada en Pamplona. El continuo ir y venir de miles de soldados —primero franceses en retirada, detrás las tropas aliadas inglesas, portuguesas y españolas que los perseguían— volvió a suponer saqueos, requisas de ganado y la ruina absoluta de los campos de cultivo de los pocos vecinos que quedaban en el valle.

1814: Las tropas de Napoleón ya se habían replegado en Francia, pero el ejército español mantuvo su posición en Burguete. El 18 de febrero de ese año, al salir de ella, la incendian de nuevo. Se quemaron doce casas y el molino. Era lo poco que se había reconstruido tras el anterior incendio.


Todavía en el siglo XIX, Auritz/Burguete volvió a sufrir muy de cerca los sucesivos conflictos armados que conocemos como Guerras Carlistas. No tanto porque viviera grandes batallas en su casco urbano, sino por el paso constante de tropas que buscaban el control de la frontera con Francia y la vigilancia de las vías de comunicación que conectaban el Pirineo con el interior de Navarra.

Fotografía antigua de la Guerra Carlista en la que se ve a Carlos VII posando con un grupo de oficiales y voluntarios
Fotografía de 1873 de Carlos VII (en el centro, con barba y un buen montón de medallas) con su Estado Mayor y tropa durante la Tercera Guerra Carlista, probablemente cerca de Tolosa.

Así, durante la Primera Guerra Carlista (1833-1840), la presencia continuada de tropas supuso una pesada carga para los vecinos, obligados a suministrar raciones y alojamiento, en un contexto de paralización del comercio y la actividad agraria local.

En la Tercera Guerra Carlista (1872-1876), tras los combates en los accesos al puerto de Roncesvalles en 1873, la villa quedó bajo control carlista hasta el final de la contienda.

Por cierto, y así no hablamos sólo de guerras y desastres, en febrero de 1876, la noche previa a cruzar la frontera en su marcha definitiva al exilio, Carlos VII pasó noche en la posada TxikiPolit. Casa que hoy en día, fiel a su tradición, conserva ese vínculo a la memoria de Auritz/Burguete como restaurante y casa rural. Lo cual es sólo una pequeña muestra de que, aunque con un duro pasado, la villa es hoy en día un lugar privilegiado para vivir y para visitar. Pero de eso hablaremos ampliamente al tratar su atractivo turístico y su rico patrimonio natural.